Dónde pongo el optimismo
Hace algunos años, mi amiga Helena y yo decidimos hacer una ruta por la montaña cuando aún ninguna de las dos tenía mucha idea sobre el medio.
El itinerario estaba previsto que durara unas 5 horas. Cuando llevábamos 4 y seguíamos subiendo por un camino cada vez más inexpugnable, empezamos a preguntarnos qué problema había.
No fue difícil darnos cuenta de que en algún momento de la ruta nos habíamos perdido y había que encontrarse. Breves segundos de pánico, estrategia optimista, ruta de escape localizada. Salimos a un punto de la montaña 12 kilómetros más lejos de lo planeado, a salvo y sin prestar atención al hecho de que si nos pasamos un poco más de positivas, nos podríamos haber buscado un problema.
Helena y yo somos dos personas de naturaleza optimista, cada una a su estilo. Hemos vivido situaciones donde todo parecía salir mal, y aún así, sabíamos que se iba a resolver. Bueno, en realidad éramos incapaces de creer que a veces las cosas salen mal, aunque todo pueda ir bien. Eso sueles aprenderlo de golpe, por sorpresa.
En las últimas semanas estoy reubicando mi optimismo, y es de las cosas más difíciles que he hecho por y para mí misma. Duele de un modo físico, tangible.
Mi tendencia natural es confiar en que si existen todos los ingredientes para que algo funcione, para que se resuelva con éxito, todo se ordenará de la mejor manera posible. Lo consideraba una actitud resolutiva, luz dentro del caos.
Y sí…pero no tanto.
Los últimos 7 años de mi vida los he dedicado a saber quién soy, de verdad. A explorar y elegir qué me quedo, qué no es mío, qué necesito abandonar. Y como casi todos, empecé por la sombra.
Reconocer las aristas que raspan es la parte sencilla del proceso. Reconoces lo que te limita y por ahí van comenzando los ajustes. Ahora la vida me cuenta, de un modo muy inesperado, que revise todo eso que consideraba virtud, esas maneras de estar en el mundo, con otros, que yo consideraba un rasgo maravilloso durante casi 39 años, y que ahora asumo que necesitan un ligero virar de intención e intensidad.
En septiembre imparto unos talleres de escritura creativa en la biblioteca. Me encantan estos grupos porque nadie busca una maestra, buscan escribir, leer, compartir una afición con desconocidos. No siento que tenga que demostrar nada, yo solo pongo delante todo lo que sé, todo lo que me apasiona y les invito a ser creativos conmigo.
Cuando estaba explorando nuevas formas para crear personajes, escenarios, tramas, abrí un nuevo libro y me topé conmigo y con mi neurosis de una manera tan espejo que sentí una taquicardia del susto.
Mi optimismo no siempre es luminoso, a veces solo quiere que avance más rápido de lo que corresponde porque la tristeza y el miedo pesan. Otras veces solo quiere hacer ver que todo va bien para que me quieran.
Como cuando Helena y yo nos perdimos en la montaña y pensar o verbalizar que se nos haría de noche era algo que ninguna se permitió, porque ambas somos optimistas, hoy en reconstrucción.
El silencio -sobre todo hacia afuera- es mi aliado porque solo ahí puedo quedarme el tiempo que necesite con el dolor que implica ser honesta conmigo misma. Tengo miedo de ser una cínica, ahora estoy ahí, temiendo irme al extremo contrario, aunque sé que este temblor se disolverá en la pausa.
He corrido tantas veces pensando que buscar el modo de estar bien era lo mejor que podía hacer por mí, que me siento extraña al reconocer que lo mejor que puedo hacer es saber estar mal, porque la pena me está contando muchas cosas, muy importantes.
El optimismo cuando se pasa de velocidad se convierte en fantasía. Y qué bonita es, y joder cómo duele despedirse. Estoy agotada, pero el silencio es un sofá muy cómodo para sentarse a confiar.
No todo está bien, y no pasa nada.
Ahora, mejor que nunca, me repito cada mañana “paciencia, tiempo, silencio”, porque son tres palabras que me permiten mirar la tristeza con optimismo. El que sí suma, el genuino.
Bendita monotonía, bendita rutina. No hacer nada es lo mejor que estoy haciendo. No quiero esforzarme para inventar la alegría, quiero estar tranquila y triste, que a veces es lo que toca para mirarse bonito.
Gracias por formar parte del silencio y venir aquí a ser destinatario de algunos destellos de mi optimismo.
Una canción que ha sonado varias veces en mis paseos:
Una lectura a la que he vuelto esta semana: El puente donde habitan las mariposas, una reflexión sobre neurociencia, respiración y el bienestar emocional escrita por Nazareth Castellanos.




